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Presentación

Pareciera haber un acuerdo bastante generalizado sobre la existencia de una especie de intuición/saber respecto a las relaciones que acontecen entre el “ambiente y la salud”, desde la irrupción del tiempo humano sobre la tierra. Tanto los pueblos del llamado “occidente”, cuyas fronteras hay que buscarlas más en el ámbito simbólico/cultural que en la delimitación física de la geografía, como aquellos “otros” que han enrumbado tras búsquedas e ideales distintos, se han encargado de problematizar dicha relación, que en últimas está referida a la manera distinta de ser y comprender las relaciones entre “naturaleza” y “cultura”.

Podría afirmarse que en el tiempo/espacio humano no hay noción de salud y de enfermedad que no derive en alguna medida de las explicaciones que el hombre da a su relación con el ambiente. En occidente, en particular, las distintas concepciones de salud y enfermedad han dado en reconocer de manera vaga la existencia de un “ambiente”, que algunas veces aparece como algo “natural” y dado, o como algo “social” y construido.

Los límites entre lo natural y lo artificial son ciertamente arbitrarios, como impreciso es el carácter de lo ambiental. Un buen ejemplo que ilustra esta compleja problemática, lo podemos encontrar en el antropólogo Philippe Descola1, quien describe cómo muchos de los seres que nosotros llamamos naturales, como las plantas y la gran mayoría de animales, para los “Achuar”, grupo de indígenas ecuatorianos, son seres dotados de atributos semejantes a los humanos.

Es decir, que donde nuestro ojo sólo distingue naturaleza salvaje (Selva), el “Achuar” experimenta una cosmología que dista de ser “El Lugar” por excelencia de lo “natural”, gracias a este particular proceso de “humanación extensa” que caracteriza su cultura. Ni siquiera, volviendo sobre Descola, es plausible hablar allí de apropiación y transformación de “recursos naturales” pues lo que existe como actividad de subsistencia ha de ser entendido como acoplamientos individuales con elementos humanados de la biosfera. Una relación no dual, ni de oposición, entre la naturaleza y la cultura.

Se puede convenir, en consecuencia, que la “naturaleza” es una construcción social, que se experimenta y se transforma gracias a los procesos sociales, reglados por complejos contextos materiales, institucionales, morales, y por prácticas y dominios, políticos y económicos; pero a su vez, que lo que constituye la experiencia social de lo natural, transforma e inscribe la condición de lo humano. Las relaciones entre cultura y naturaleza son indisolubles y complejas.

Esa ruptura con la conciencia dualista heredada de la modernidad, que opuso naturaleza y cultura, ha sido, igualmente, estimada y estimulada por muchos de los movimientos ambientalistas y ecologistas, en ascenso desde los años sesenta y setenta –primero proteccionistas y conservacionistas, y más tarde radicalizados a la sazón de las transforma- ciones culturales–.

Este flujo político y cultural ha presionado las agendas públicas internacionales y ha establecido puentes con la academia. De hecho, las luchas en las que se han empleado estos movimientos de oposición a los programas desarrollistas, al uso indiscriminado de químicos en la producción agrícola, frente a la contaminación del aire, etc., constituyen una crítica general al capitalismo expansionista y voraz que pone en cuestión, apoyados en diferentes tradiciones teóricas de las ciencias sociales y naturales, la idea utilitaria de una naturaleza externa, discreta y determinada, abordada en este caso desde una perspectiva de control y uso, tal como fue concebida por la ciencia mecanicista de Bacon, Newton, Locke y Descartes. La perspectiva de esta ciencia mecanicista o se origina o desemboca en el utilitarismo, de manera que la “naturaleza” termina siendo experimentada y valorada tan sólo como recurso económico.

El paradigma médico moderno tiene deuda con este modelo científico. El enfoque ecologista de la enfermedad, como afirma Quevedo: “revalidará del paradigma antiguo la idea del papel del ambiente en la etiología de la enfermedad e impedirá una clara diferenciación entre lo ambiental y lo social como realidades distintas y cuyo abordaje requiere métodos distintos”2.

En efecto, este modelo ecológico/mecanicista intentará explicar, ya sea por la vía del determinismo “natural” o por la del determinismo cultural (comportamientos, hábitos, conductas etc.), un enorme fardo de enfermedades. Para otro grupo de enfermedades, inscrita y revalidada la síntesis aristotélica sobre la existencia de una naturaleza propia e interna, y otra referida a los objetos y externa, se recurrirá al expediente de una determinación mutua, mecánica y dual, entre el medio ambiente y sociedad. Y finalmente, un último recurso explicativo de otro conjunto de enfermedades terminará dando preeminencia al ambiente interno materializado ahora, ya no como homúnculos o testes, sino como dotación genética. En este último caso se supondrá una independencia inicial del ambiente, pues toda la información estará codificada en los genes; se sostendrá el supuesto de una independencia de las condiciones externas, pues la información genética resultará necesaria y suficiente para dirigir el proceso ontogénico.

Estas cuatro formas distintas de explicar las implicaciones del ambiente en la producción de la enfermedad, reitera no sólo la vaguedad del concepto sino la dificultad para construir un marco teórico comprensible y coherente respecto al papel que este juega en el proceso salud/ enfermedad.

El modelo ecologista resultante, que opera como sistema cerrado en equilibrio, determinista y a la vez discreto, regido por las reglas universales de la física, será el patrón general del modelo epidemiológico que construye, como bien señalan Laurell, Breilh y otros3, una realidad caracterizada por una serie de factores interconectados, cuyo peso causal dependerá de su cercanía al efecto, en una clara biologización de lo social y en una clara “desnaturalización” de lo biológico. Incluso, algunas corrientes inscritas en los debates actuales sobre los determinantes sociales de la salud, orientados a buscar “las causas de las causas” se quedan atrapadas a mitad de camino en este modelo, que dicho sea de paso renuncia a la historia, a la perspectiva de género, al poder y a la política, y en general a la mirada de proceso, pues adoptará en su lugar la metáfora de la continuidad y la discontinuidad lineal de series numéricas y cortes temporales.

Nuevas investigaciones piensan a la naturaleza por fuera de esta visión prístina y equilibrada, para concebirla como un ente con capacidad de acción y dinamismo propio, lo que permite entender que la relación naturaleza/cultura es interdependiente, indeterminada e interactiva. Sin duda, en esta dirección, los aportes teóricos acuñados por una biología no centrada en el equilibrio4, se constituirán en el más sólido reto para pensar en las relaciones ambiente y sociedad, y en una de las elaboraciones epistemológicas contemporáneas más provocadoras.

La “forma” biológica es entendida allí, como unión conceptual de estructura y función, asociada a una interacción de materia, energía e información; definida la “forma” de esta manera, donde la dinámica no es la acción/reacción descrita por la física mecánica, sino un proceso de auto/organización/conocimiento que produce y explica la variación

–Anclaje estructural dirá Maturana– inaugura una forma distinta de comprender la naturaleza de la vida. La física mecanicista no permite explicar la forma biológica o la reduce a una disposición estática, puesto que su lectura no incluye una actividad cognitiva inscrita en cada ente, ni puede comprender como lo hace la física cuántica que toda la información que recibimos en el mundo se percibe por medio de ondas que son a la vez partículas, de manera que la energía codificada que participa de la generación de la “forma” podría tener niveles de concreción no materializados, lo que nos reta a pensar en la “forma viva” –la individualidad–, más allá de un límite material, capaz de integrar lo global con lo local. Esta dimensión ecológica energético/ material propone al campo sanitario preguntas que retan el pensamiento:

¿En donde están entonces los límites del cuerpo?, ¿Qué implican para el campo de la salud y para la enfermedad estas nuevas formas de pensar la biología?, ¿Cuál es el ámbito en el que se inscribe, pues, la enfermedad?

Esta complejidad de aristas y otras, que proponen los trabajos que componen el presente número de Cuadernos del Doctorado, constituyen un reto a la acción y a la comprensión humana. En el mes de marzo de 2005, el doctorado interfacultades en Salud Pública de la Universidad Nacional de Colombia invitó a un debate que tituló: “Ambiente y Salud Pública: repensar las relaciones”. La presente publicación testimonia uno de los resultados pretendidos en esa ocasión; tres de los autores del presente número discutieron el tema en esa oportunidad, mostrando su complejidad y profundidad, abordando muchas de las múltiples dimensiones y perspectivas posibles, proponiendo preguntas que por su naturaleza se inscriben propiamente en una preocupación por la vida en el planeta y las grandes fuerzas que se movilizan o bien hacia la destrucción y la barbarie o bien en procura de una biogénesis protectora y creativa. Es esta, desde luego, una preocupación fundamental para el campo de la Salud Pública, que demanda no sólo reflexión y análisis sistemático, sino que obliga a una praxis transformadora de la sensibilidad y la subjetividad, en tanto invita a una reconstrucción no utilitaria de nuestros vínculos con la vida planetaria, y a una movilización en procura de su defensa.

El profesor Ricardo Sánchez propone desentrañar los elementos que juegan en el campo de relaciones existentes entre la salud humana, y por extensión entre la vida humana y lo denominado por el autor, de manera escueta, “lo ambiental. La respuesta a esta empresa lo constituye una perspectiva de análisis totalizadora, compleja, multidiversa, interdisciplinaria, que permite dar cuenta de la profunda e indisoluble interrelación que existe entre la vida humana, los procesos histórico/ culturales y las otras formas de vida en el planeta. La vida humana y lo ambiental son un extenso piélago atravesado por fuerzas formidables que emergen de las múltiples tensionalidades en que se construye la sociedad y lo “civilizatorio”.

Acercarse desde esta perspectiva al fenómeno ambiental implica hacerse cargo de los enfrentamientos que se producen entre el mercado financiero en su nueva etapa de expansión y su poder desestructurante de lo societal, y un contramovimiento, como dice el autor, protector del desarraigo que genera la economía. La vida humana se encuentra entre el dilema: o barbarie o socialismo. Urge, dice el autor con Félix Guattari, la necesidad de articular ética y política en un intento de integrar ambiente, relaciones sociales y subjetividad humana, como una alternativa a la perspectiva tecnocrática en que se manifiesta el capitalismo desorganizado y desestructurador de la vida comunitaria, en el presente.

Con la advertencia explícita sobre las dificultades de orden conceptual y metodológico que existen para abordar las relaciones entre ambiente y salud, el texto de Orlando Sáenz, invita a realizar un tránsito obligado por la historia de los conceptos del proceso salud y enfermedad en occidente y la manera y lugar como ha de aparecer la “noción” de ambiente. Logra el autor, camino de una investigación que se promete más profunda, identificar cuatro dimensiones distintas en que ha sido abordado lo “ambiental” desde el campo de la salud, superando, como bien se señala en el texto, el “mito ecológico” del paradigma médico moderno, acuñado por el profesor Emilio Quevedo. Mito que implica una “perpetuación de los elementos del paradigma antiguo a través de la revalidación del papel del ambiente en la etiología de la enfermedad5. Sáenz propone las bases para diferenciar de manera clara el ambiente, el hábitat, el entorno social y el entorno laboral.

De otra parte, una exploración reflexiva sobre lo ambiental como campo de intervención de la política pública, obliga a la comprensión de los problemas en un marco holístico e integral, que debe dar cuenta de las relaciones complejas que se establecen entre lo urbano y lo rural, entre la misma percepción de los problemas y la forma en que estos son socialmente gestionados, y entre, desde luego, los cambios tecnológicos y los elementos que regulan el uso de los recursos, etc. Esta es la perspectiva de trabajo del Dr. Jorge Humberto Mejía, quien discute con los enfoques de intervención basados en factores de riesgo, por su limitada capacidad para comprender dinámicas, que en razón al objeto mismo de lo ambiental, se movilizan simultáneamente, se codeterminan y se relacionan de forma diversa y compleja; enfoques instrumentales que, por demás, terminan precarizando el rol de la autoridad sanitaria.

En la perspectiva de superar este marco propone el autor uno integral, de “comprensión” de los problemas y de articulación inter y trans- sectorial para impactar sus distintos componentes.

Finalmente, se incluye un artículo del profesor Héctor García Lozada, quien propone una discusión a propósito de las relaciones existentes entre la salud pública, entendida como salud de la población, y el desarrollo sostenible. La crítica se orienta precisamente al paradigma desarrollista que hegemonizó la esfera política internacional desde los años cincuenta del siglo anterior. Tal perspectiva del desarrollo, entendido sólo en términos económicos, trajo consecuencias sociales funestas y un desconocimiento de la importancia de lo que el autor denomina “ambiente físico”. Desde esta perspectiva crítica la preocupación del autor se centra en el grave impacto que los modelos de desarrollo “utilizados hasta el presente” generan sobre los sistemas ecológicos afectando la salud humana, en un mundo cada vez más interdependiente.

Bien, con estas pequeñas notas de presentación es justo que sea ahora el lector quien incursione por cuenta propia en los trabajos aquí contenidos, con la esperanza de que esta publicación incite nuevas discusiones acerca de esta problemática, tan prolífica y tan cara para quienes apostamos por “…un mundo otro, y posible”.

RAFAEL A. MALAGÓN OVIEDO

Profesor Facultad de Odontología Miembro del Comité Asesor del Doctorado Interfacultades en Salud Pública de la Universidad Nacional de Colombia

1 DESCOLA, Philippe. La antropología y la cuestión de la naturaleza. En: “Representando la naturaleza”, Universidad Nacional de Colombia, sede Leticia, julio 2002, pp. 155-171.

2 QUEVEDO, Emilio. “El proceso salud-enfermedad: hacia una clínica y una epidemiología no positivistas” En: Salud y sociedad, Ed. Zeus Asesores, Bogotá, 1992. 1a. ed., p. 14.

3 BREILH, Jaime. Epidemiología, economía, medicina y política. Ed. Fontarama 19, 3a. ed, México, 1986.

4 ÁNGEL RODRÍGUEZ, Melina. ”Determinación y libertad“, En: RAMÍREZ F., BALDIN, O.A.; BETANCOURT MORALES, A., Universidad Nacional de Colombia. 1a. ed., marzo 2004. MORA OBERLAENDER, J. ÁNGEL RAMÍREZ, M; VEGA, J.C. Biólogos lejos del equilibrio. Nuevas metáforas evolutivas. Grupo Biología teórica, Bogotá.

5 QUEVEDO, Emilio. Op. cit.

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